Con nombre propio. Historias de alumnos de Altamira
     
     
 
 
Lola Delgado
 
 
 
 

Su hija, que era alumna del colegio, se enteró de que por las tardes en las aulas se enseñaba a leer a los mayores, así que convenció a su madre para que se apuntase.

Lola jamás había pisado un colegio, así que cuando llegó a Altamira ni siquiera sabía las letras. Confiesa que tampoco conocía la grafía de los números, pese a que trabajaba en una frutería. “Eso sí”, asegura, “no sé cómo, pero nunca me engañaron con las monedas”.

“Me compré una cartilla para trabajar en casa. Hice también mucha caligrafía. Por las tardes iba a clase y por las noches seguía estudiando con ayuda de mi hija”.

Lola lleva en Altamira más de diez años (no se acuerda con seguridad). Ahora está en Cuarto de Alfabetización, es capaz de escribir dictados difíciles y de hacer sus propias redacciones. En la actualidad “se pelea” con las divisiones por dos cifras.

 
 
     
     
 
 
Delia Collaguazo
 
     
 

Nació en Ecuador y llegó a España hace cinco años con su hija. Su nieta, de 10 años, se enteró de que en su “cole”, por las tardes, “señoras mayores” venían a aprender, así que le preguntó a su profesora si también podía venir su abuela.

Delia sabía leer y escribir “sólo un poquito”, pero en ortografía “lo ponía todo al revés, lo que va con b, con v, y lo que va con v, con b”, dice. En Ecuador tenía que hacerse cargo de sus hermanos, así que faltaba mucho a la escuela.

No dudó en apuntarse a Altamira, sobre todo porque la ilusión de su vida es escribir, pero no cualquier cosa, sino sus propias creaciones. De hecho, en su tiempo libre, compone poemitas de amor.

Como tanta gente en Altamira, Delia es un ejemplo de tesón y perseverancia. Aprendió las tablas de multiplicar porque cuando no podía dormir se ponía a repasarlas mentalmente aunque fuesen las dos de la madrugada.

Aunque cuando entró leía muy despacio y le costaba entender, ahora es capaz de enfrentarse a novelas. Ahora está con “La casa de los espíritus”, de Isabel Allende. “Pero sólo cuatro páginas al día”, puntualiza, “porque es todavía es un poquito difícil para mi”. 

 
 
     
     
 
 
Josefa de los Ríos
 
     
 

Venía de trabajar un día, pasó por la puerta del colegio, y vio un montón de mujeres esperando entrar. Así que preguntó, con sorna: “Pero ¿qué es esto? ¿un bingo?”. Y dio con una profesora que le contestó: “¡Que va! Esto es un colegio; estas señoras vienen a aprender”.

Josefa ni se lo pensó; en vez de seguir el camino a su casa dijo:“Pues si ustedes son capaces de enseñarme a leer, yo me quedo aquí hoy mismo”.

Lo dicho. Ese mismo día Josefa se sentó por primera vez en su vida en un pupitre. De esto hace ahora más de diez años.

Josefa está en Segundo, y sus compañeros la llaman “la ministra de hacienda”, porque Josefa gana incluso a sus profesores en matemáticas y cálculo mental, no en vano ha sido dueña de una frutería durante varias décadas. Eso sí, las letras se le resisten, pero ya lee y escribe, y sus profesores dicen que en los dos últimos años ha avanzado muchísimo. 

 
 
     
     
 
 
Salvador Recio
 
     
 

Está jubilado y ha encontrado en Altamira un proyecto que le mantiene activo y que le apasiona. Salvador tiene estudios superiores, pero este año se ha apuntado a clases de Literatura, un tema que tenía pendiente.

En los últimos años ha pasado por otros talleres, e incluso hace tres años formó parte de la Junta Directiva como Tesorero. Como tiene más tiempo libre que muchos otros profesores, Salvador está siempre disponible para acompañar a los alumnos de Alfabetización a las actividades culturales que se organizan a menudo por las mañanas, o para ayudar a la Junta en las labores administrativas más ingratas.

Salvador es buen ejemplo del funcionamiento de Altamira. Las personas se benefician de las actividades culturales que proporciona la Asociación y, a cambio, aportan parte de su tiempo y esfuerzo para que ésta pueda seguir funcionando.

Por cierto, el nieto de Salvador va a Educación Infantil en el Colegio de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. “¿Abuelo, vas al colegio?”, suele decirle a la hora de comer. “Claro”, contesta él. “¿Dónde yo? “, le vuelve a preguntar, entre sorprendido y orgulloso. De acuerdo con Salvador, esta conversación se repite, con pocas variantes, prácticamente todas las semanas.